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Jueves 30 de marzo de 2017

La Internacional populista

Sección
Opinión
Fecha
23 de noviembre de 2016

Daniel Muchnik (*)

Ahora afloran la resistencia a los principios básicos de la democracia, el rechazo a las instituciones que la sostienen, el racismo, el desprecio al otro, al diferente.

Algunos historiadores seguramente pronto considerarán si con el triunfo de Donald Trump, más los antecedentes mundiales de arrastre, no ha surgido una nueva era. ¿El siglo XXI comienza con el atentado a las torres gemelas, con el surgimiento y la conquista del Isis en Medio Oriente o con la demostración de fatiga de vivir en democracia que se evidencia en estos dos o tres últimos años en varios rincones del planeta?

La democracia liberal, la división de los poderes, el voto popular, la defensa de los derechos del hombre, los principios constitucionales básicos para consolidar la convivencia en un país aparecen con toda su fuerza en 1776, con la Revolución norteamericana. Figuras admirables le dieron forma a la autonomía frente a Inglaterra sin derramar una gota de sangre. A diferencia de esta, la Revolución francesa, con su admirable “Declaración de los Derechos del Hombre”, se destruyó en medio del trabajo arduo de la guillotina, el odio, la resistencia al poder supremo que persistía desde hacía siglos. Trajo decenas de miles de víctimas y permitió que emergiera el emperador Napoleón para que pusiera orden y procurara la gloria de Francia mediante la conquista de Europa.

Ahora afloran la resistencia a los principios básicos de la democracia, el rechazo a las instituciones que la sostienen, el racismo, el desprecio al otro, al diferente. En Europa vienen ganando presencia y poder los nacionalismos extremos, que desprecian los derechos elementales del hombre y consideran a la corriente inmigratoria como una peste peligrosa. La crisis financiera y económica del 2007-2008 ha pulverizado fuentes de trabajo, ha achicado los ingresos, ha producido descreimiento y anarquía.

La frutilla del postre de este proceso desintegrador ha sido el triunfo de Donald Trump. Este empresario millonario, incumplidor fiscal a repetición, misógino, racista, antimusulmán, enemigo de las consideraciones básicas de la democracia, se subió a caballo del pensamiento creciente en la sociedad norteamericana. Ese pensamiento tiene cimientos en la desocupación, las fábricas que han preferido irse del país para conseguir mano de obra esclava, por lo que abandonaron a los trabajadores estadounidenses. A todo ello, a la desesperanza y la pérdida de credibilidad de las instituciones, se agregaron las consecuencias de la gigantesca crisis del 2007-2008, que dejó sin vivienda a más de 30 ó 35 millones de ciudadanos.

El derrumbe de los Estados Unidos no es de ahora. Los homeless son producto de las estrategias que eligió Ronald Reagan al sacarles impuestos a los ricos, hacer crecer sideralmente el gasto militar, marginar a los pobres. En eso se sumaron los Bush, padre e hijo, seguidores de la visión de Reagan. Pero también los demócratas hicieron lo suyo. Bill Clinton se respaldó en Wall Street y les dio la espalda a los obreros, con los cuales tenía acuerdos de protección. El mismo Barack Obama, hombre brillante, orador infrecuente, inició mal su mandato. Pese a que un grupo mínimo de economistas le aconsejó que, en medio de la crisis del 2007-2008, no salvara a los bancos que habían producido el desastre con la estafa de los bonos basura, que los dejara caer, Obama protegió a los victimarios, les inyectó ayudas de todo tipo.

Todos estos antecedentes le fueron dando forma a la disconformidad de la sociedad. Nada la conformó, ni las medidas adoptadas por Obama, que logró sacarlas (como el Obama Care) pese a la oposición constante del Congreso mayoritariamente republicano y el cerco de la Corte Suprema.

Así fue como el odio a la desigualdad social, producto de una pésima distribución de la riqueza, el odio a los latinos que supuestamente sacaban trabajo, el odio a los musulmanes (como si no se comprendiera que es una minoría la que elige la guerra, pone bombas y suma tragedias) le otorgaron los laureles a Trump.

De esta manera se le dio forma a la Internacional populista. Lo de Trump tiene semejanzas con el Brexit inglés. Pero también comparte los mismos pensamientos que tienen las agrupaciones extremistas europeas. Los racistas alemanes mostraron alegría con Trump ocupando la Casa Blanca. En Francia, Marine Le Pen, líder del Frente Nacional neofascista, cantó felicidades. En Italia, el cómico Beppe Grillo, creador del Movimiento 5 Estrellas, aseguró que la victoria del republicano es un “impresionante corte de mangas” a las instituciones. La Liga Norte en Italia, separatista, a través de uno de sus iluminadores como Matteo Salvini, definió a la elección norteamericana como una “revancha del pueblo”. En esa revancha-venganza incluyó a los banqueros, los encuestadores y (faltaba más) a los periodistas que arrinconaron con críticas a Trump.

En esta liga internacional faltan los líderes racistas y populistas húngaros, los de Holanda y otras naciones europeas. La extrema derecha en Israel también habló bien del nuevo Presidente norteamericano. Sólo por el hecho de que Trump tiene buenos vínculos con el premier Benjamin Netanyahu, que se llevaba mal con Obama. El jefe demócrata presionaba sobre Israel para que se buscaran caminos para alcanzar una paz sólida con los palestinos, con disgustos de los religiosos ortodoxos y la derecha, dueña actual del poder.

¿Trump llevará adelante, cumplirá con todos los lemas que incluyó en su campaña? ¿Quién lo frenará? Si emprende esa carrera, también peligran la economía y la política internacional. El proteccionismo que promete achica las posibilidades de ganancias a los países emergentes, como el caso de Latinoamérica. Su desprecio a China y a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Nato, por sus siglas en inglés), sus buenas intenciones con Vladimir Putin, cambian todo el escenario de lo que conocía como el mundo.

(*) Nota publicada en infobae.com

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