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Domingo 30 de abril de 2017

¿Qué se consumirá en 2050?

Sección
Opinión
Fecha
30 de diciembre de 2016

Por ahora el debate es entre los auténticos o los genéticamente modificados. Pero ya llegan otras alternativas: alimentos impresos en 3D y la biología molecular que introduce la edición de genes. La necesidad de aumentar la productividad de la industria para alimentar a una población cada vez más grande obliga a introducir tecnología que no represente peligro.

Hay una montaña de elementos que convergen para modificar el panorama del sector alimentos y bebidas en las próximas décadas. Por un lado, está la necesidad de alimentar una población mundial en permanente crecimiento que se estima en 8.700 millones para 2050 (actualmente somos 7.300 millones). Por otro lado, el cambio climático hará cada vez más difícil alimentar al mundo. Los alimentos biotecnológicos tendrán un papel fundamental para asegurar que haya suficientes alimentos para todo el mundo, pero deben conseguir la licencia del público que les desconfía y les teme.

Otro elemento que impone también un cambio en la producción y promoción de alimentos y bebidas es la pertinaz epidemia de obesidad que afecta preferentemente a los países desarrollados. Una consecuencia es la creciente conciencia entre la población sobre la relación entre alimentación y salud y también la moda, que impone agresivamente físicos escuálidos, algo que ha generado entre las jóvenes del mundo un abanico de alteraciones alimentarias, que incluyen la anorexia, la bulimia y ahora también la ortorexia.

Frente a eso proliferan los programas de atletismo que invitan a los consumidores que generan una necesidad paralela de información sobre programas de nutrición deportiva.

Todos estos cambios influyen en la conducta de compra de los consumidores que irán generando nuevos productos y servicios en la industria de alimentos y de bebidas de acá al futuro.

Por otro lado los consumidores exigen productos menos procesados que obligan a las compañías a eliminar ingredientes artificiales. Crece la cantidad de consumidores conocedores de la relación entre lo que comen y su salud física y mental. Por lo tanto exigen conocer el origen, los ingredientes y la preparación de lo que comen.

En el lado de la oferta el cambio climático está generando sequías, inundaciones y temperaturas extremas y otros fenómenos naturales que no solo afectan la oferta de alimentos sino que influyen también en la preparación y producción.

Grandes tendencias

La complejidad de todo esto genera la pregunta de cómo van a reaccionar los Gobiernos y la industria para responder a los desafíos de alimentar al mundo para el año 2050.

Un estudio realizado por la consultora BMI sobre las grandes tendencias en alimentos y bebidas hacia 2050 destaca cuatro megatendencias interconectadas que obligarán a las empresas a adaptar sus ofertas a las demandas de los consumidores. Los investigadores creen que las cuatro van a obligar a las compañías a adaptar sus ofertas a la demanda de los consumidores en lugar de que las "grandes marcas" sean ?como ahora? las que conducen la industria. La próxima generación, dicen, será más "inteligente" sobre la forma en que consume los alimentos y bebidas.

La creciente preocupación por la salud en todo el mundo ayudada por la proliferación de la tecnología ha cambiado la forma en que millones de consumidores comen, se ejercitan y viven. Esto es especialmente importante dado que un estudio realizado en 2015 por la Organización Mundial de la Salud descubrió que 39% de los adultos del mundo, más de 1.800 millones de personas, tienen sobrepeso, de los cuales 600 millones estaban clasificados como obesos. Esta tendencia fue creciendo con el tiempo, duplicándose desde 1980 y convirtiéndose en un tema grave en esta era.

Ahora estamos asistiendo a una reversión de esa tendencia porque aumenta la conciencia sobre la salud y cómo prevenir enfermedades como la obesidad o la diabetes. En los próximos 35 años aumentará esta conciencia empujada por más avances en tecnología y mayor información sobre los riesgos asociados con la obesidad.

Los dispositivos que se usan en el cuerpo (los llamados "wearables") y los teléfonos inteligentes tendrán un papel central en este proceso. Teléfonos y relojes conectados a la ropa son la próxima etapa en este proceso. Por ahora están limitados a registrar actividad como pulsaciones cardíacas, número de pasos y patrones de sueño, pero esto crecerá con el tiempo y permitirá a los usuarios controlar la ingesta de alimentos y bebidas. Luego llegará el nivel de calorías, azúcar, grasa, proteína y sal contenidos en la ingesta, tamaño de porciones y frecuencia, etc. Los usuarios podrán entonces controlar y ajustar sus hábitos dietarios según los datos emitidos por sus dispositivos. La administración digital de la salud contribuirá a una reversión general de la tendencia hacia la obesidad.

Las empresas de alimentos y bebidas comprobarán que si se exponen a los alimentos procesados serán menos atractivas mientras que las que estén en el espacio más saludable se van a beneficiar. Los consumidores, por su parte, van a usar información sobre el origen de los alimentos, los beneficios que producen para la salud y con todo eso orientarán su dieta alimentaria obligando a las empresas a adaptarse a esta postura más individual.

Fitbit es un gran ejemplo en este sentido. Ya está trabajando con aseguradoras de salud para enfocarse en pacientes con diabetes y otros programas de control de enfermedades. La compañía demostró en sus resultados de 2015 que sus programas de control de peso resultaron en que 73% de los participantes en el programa perdieron 5% de su peso total en un período de seis meses.

Estos dispositivos ya están teniendo un impacto positivo en la salud y el bienestar, y el pronóstico que hace el estudio es que los dispositivos wearable van a crecer rápidamente en el período 2035-2050 con los avances en sus capacidades tecnológicas que les permitirán superar a los smartphones a medida que estos llegan al estado de saturación del mercado.

Aumentar la producción agrícola.

La Food and Agriculture Organization (FAO) cree que para 2050, la producción agrícola global deberá tener un aumento de 70% para cubrir la demanda de alimentos que resulta del crecimiento poblacional y de un cambio en las preferencias hacia las dietas ricas en proteínas. Hay maneras de que las cosechas rindan más y una de ellas es aumentar el uso de semillas genéticamente modificadas.

Desde la perspectiva del consumo, la legalización y aceptación completa de alimentos GM (genéticamente modificados) tal vez no sea posible todavía pero como hay un acuerdo científico general de que los cultivos GM no implican riesgo para la salud humana, ciertos cultivos y ciertos países podrían estar más abiertos a ellos.

Los mercados emergentes como China y algunos en África serán fundamentales.

Por lo tanto se advierte tensión entre alimentos "auténticos" y alimentos "GM" en esos mercados emergentes, donde los consumidores de más edad estarán menos dispuestos a consumir alimentos GM frente a consumidores más jóvenes, que podría aceptarlos como la norma.

En la Unión europea, en cambio, no se espera que haya la misma aceptación legal o general, al menos antes de 2050. Allí hay intereses fragmentados que tornan más difíciles las decisiones políticas. Sin embargo, las tensiones allí estarán basadas en un conflicto diferente; alimentos "auténticos" versus alimentos en "3D".

La tecnología tiene el potencial de transformar la manufactura, los productos primarios y hasta la industria de alimentos y bebidas. Ya está ocurriendo en pequeña escala, con máquinas como Foodini, que toma ingredientes e "imprime" aspectos de comidas.

Sistemas 3D está colaborando con el Culinary Institute of America y ha lanzado el ChefJet Pro, que puede imprimir azúcar básica y pasta para decorar tortas. Procedimientos de este tipo, con el tiempo, van a avanzar y evolucionar hasta permitir a los consumidores imprimir comidas completas usando recetas de Internet que ponen afamados chefs.

Una impresora 3D también podría conectarse a un dispositivo "wearable", lo que significa que las comidas podrían ser totalmente personalizables en cuanto a contenido, diseñadas para adecuarse al tamaño de porción específico sugerido a los consumidores por las actividades que registran sus dispositivos, sea reloj o cualquier otra cosa. Nuevamente aquí, esta será una opción más aceptable para las generaciones jóvenes que las de más edad. La generación del milenio, hoy joven, busca alimentos auténticos y orgánicos pero para 2050 ya no será tan joven y tal vez haya cambiado de parecer.

¿Y las grandes marcas mundiales?

Las grandes fabricantes de alimentos y bebidas como Coca-Cola, Kraft Heinz y Kellogg?s por nombrar algunas, se convirtieron en las marcas globales más poderosas del siglo 20. Pero no se sabe si podrán conservar la misma relevancia en las próximas décadas. Los productos sobre los que basaron su éxito se están comenzando a derrumbar. Kellogg?s vende menos cereales, Coca-Cola menos gaseosas y Nestlé menos productos.

Es cierto que no se quedan quietas esperando morir: la división de salud y nutrición de Nestlé está mejorando y lo mismo ocurre con casi todas sus colegas. La gente está cambiando los gustos y las preferencias, los gobiernos están exigiendo a las marcas que informen a la población sobre el contenido de sus productos en forma clara y visible. Los consumidores de los mercados desarrollados en particular tendrán más opciones para la compra de alimentos y bebidas que tendrán un más alto grado de personalización en cuanto a gustos y valor nutricional.

Es altamente probable, entonces, que pasemos de la era de las grandes marcas en fabricación de alimentos y bebidas a otra de marcas pequeñas pero relevantes para los gustos individuales. Uno de los más notables ejemplos en esto es el de la cerveza artesanal que ha crecido en los últimos años porque los consumidores buscan marcas de segmento que se adapten mejor a sus gustos.

Esto se ha facilitado con el advenimiento de Internet, que permite a las empresas vender directamente y dejar de depender de los grandes distribuidores. En las próximas décadas los grandes supermercados tendrán bastante menos poder porque muchas ventas se harán en forma electrónica.

¿Ingeniería genética o biología molecular?

La ingeniería genética tiene la posibilidad de crear variedades que son mucho mejores para aguantar los ataques del tiempo. Las papas GM podrían conducir a una generación de alimentos biotecnológicos que se vendan directamente a los consumidores.

Aunque el maíz, la soja y el algodón transgénicos generalmente ingenierizados para resistir insectos y herbicidas? se vienen plantando en muchas partes desde los años 90 en Estados Unidos y en otros grandes países agrícolas como Brasil y Canadá, el maíz y la soja se usan principalmente para forraje animal, biocombustibles y aceites de cocinar. En cambio no se cultivan en gran escala variedades modificadas de arroz, trigo o papas porque la oposición a esos alimentos desalentó la inversión y porque las empresas de semillas no han encontrado la forma de monetizar esos cultivos genéticamente modificados.

Las sequías, las tormentas de grandes proporciones y las altas temperaturas están afectando gravemente los rindes de las cosechas. Pero con la expectativa de que la población mundial ascienda a más de 9.000 millones de personas para el año 2050 se podrían necesitar esas variedades. Aunque la productividad agrícola ha mejorado notablemente en los últimos 50 años, los economistas temen que esas mejoras han comenzado a reducirse en un momento en que la demanda de alimentos va a aumentar entre 70 y 100% para mediados de la centuria.

Se está cosechando menos arroz y trigo, dos granos que alimentaron al mundo durante décadas y en general la producción de cereales tendría que duplicarse para 2050. Si esto continúa así, la producción va a ser insuficiente para satisfacer la demanda a menos que se comiencen a usar más tierra, más fertilizantes y más agua.

El cambio climático podría agravar el problema mucho más al traer temperaturas más altas y, en muchas regiones, condiciones más húmedas que favorecen la difusión de enfermedades e insectos hacia nuevas áreas. Se esperan más sequías, más tormentas y días muy calurosos que diezmarán las cosechas y la frecuencia de esos desastres se incrementará a medida que aumente la temperatura del planeta. El clima es cada día más impredecible y el clima extremo es cada vez más común.

Una ventaja de usar ingeniería genética para ayudar a que los cultivos se adapten a esos cambios bruscos es que las nuevas variedades se pueden desarrollar rápidamente. Crear una variedad de papa con métodos convencionales puede llevar unos 15 años, pero producir una variedad genéticamente modificada lleva menos de seis meses.

La modificación genética también permite a los cultivadores de plantas hacer cambios más precisos y extraer muchas más variedades de genes extraídos de diferente tipos de organismos. Los científicos ponen mucho cuidado en aclarar que no hay un gen mágico que se le pueda insertar a una planta para hacerla resistente a una sequía o aumentar su rendimiento. Hasta la resistencia a una enfermedad requiere muchos cambios genéticos. Pero muchos dicen que la ingeniería genética es una técnica esencial y versátil. O sea, hay disparidad en los criterios.

¿Promesa incumplida?

La promesa de que los cultivos genéticamente modificados ayudarían a alimentar el mundo es por lo menos tan antigua como la comercialización de las primeras semillas transgénicas a mediados de los 90. Las empresas que contribuyeron a convertir los cultivos GM en un negocio multimillonario, entre las que se incluyen las grandes compañías químicas Monsanto, Bayer y DuPont, promocionaron la tecnología como parte de una revolución en la ciencia de la vida que aumentaría notablemente la producción mundial de alimentos. Hasta ahora, y por diferentes motivos, eso no se ha hecho realidad.

Con seguridad han sido un enorme éxito comercial en algunos países. La idea es simple pero poderosa: al insertar al maíz un gen foráneo derivado de, digamos, una bacteria de la tierra, se le puede dar a la planta un rasgo que antes no tenía. Las encuestas estiman que más de 170 millones de hectáreas de cultivos transgénicos se plantan en todo el mundo. En Estados Unidos la mayor parte del maíz, soja y algodón que se planta ha sido ingenierizada con un gen de una bacteria de la tierra llamada Bacillus thuringensis ?Bt? para espantar insectos o con otro gen bacterial para resistir los herbicidas. En todo el mundo, 81% de la soja y 35% del maíz cultivados son variedades biotecnológicas. En India, el algodón Bt fue aprobado hace más de 10 años y ahora representa 96% del algodón que se cultiva en el país.

Y sin embargo no está claro que los cultivos transgénicos hayan logrado aumentar la producción de alimentos o bajar los precios para los consumidores.

En Estados Unidos, 76% de los cultivos son GN para resistir insectos y 85% pueden tolerar que se los rocíe con herbicidas. Ese maíz ha sido una bendición para los agricultores que redujeron los pesticidas y aumentaron sus cosechas. Pero muy poca de esa producción de maíz se usa directamente para alimentación humana; alrededor de 4% va para fructosa en el sirope de maíz y 1,8% para cereales y otros alimentos. El maíz y la soja transgénicos son tan rentables que los agricultores han comenzado a plantarlos a expensas del trigo y reducen el número de hectáreas sembradas con la semilla para el pan. Al bajar la producción, subió el precio del trigo a casi US$ 8 en 2012, de US$2.50 en 2000.

Pero solo unas pocas grandes compañías se pueden animar a correr el riesgo de comercializar los GMO.

Esas versiones bioingenierizadas de algunos de los cultivos alimentarios más importantes del mundo podrían contribuir a cumplir con las esperanzas iniciales que se tenían con el procedimiento. Pero seguramente van a avivar el debate sobre la tecnología. Quienes se oponen dicen que insertar genes extraños en los cultivos podría volver peligrosos los alimentos, aunque más de 15 años de experiencia revelaron que no existe daño para la salud. Así también lo revela una serie de estudios científicos. Pero los detractores sugieren que la tecnología es una estratagema de las gigantescas corporaciones, especialmente Monsanto, para vender más herbicidas, dominar la cadena de suministro agrícola y dejar a los agricultores dependientes de semillas transgénicas caras. La crítica más convincente, sin embargo, y también la más simple, podría ser que la existencia de cultivos transgénicos ha hecho poco por garantizar el futuro de la oferta alimentaria mundial frente al cambio climático y una creciente población.

Métodos convencionales y biología molecular

Pero en un invernadero de Itaca, estado de Nueva York, un profesor en biología molecular llamado Walter De Gong está experimentando con nuevos métodos para lograr una mejor variedad de papa. Está bien informado sobre los métodos convencionales de introducir nuevas características, pero además tiene un PhD en patología de plantas y ha hecho mucha investigación en biología molecular. Sabe que se abren las oportunidades para la genética avanzada.

Pronto, dice, va a ser posible alterar con precisión la secuencia del ADN en una célula de la papa para que luego crezca una planta. "Si yo tengo una papa blanca y quiero hacerla roja podría editar uno o dos nucleótidos y obtener el color que quiero. Cultivar plantas no es el arte de mezclar genes; lo que tienen es diferentes versiones de los genes. Se llaman alleles. Y los alleles se diferencian en sus nucleótidos. Si puedo editar algunos nucleótidos, ¿por qué buscar solo cambiar un rasgo? Eso ha sido el santo grial de la genética de plantas durante mucho tiempo.

Un problema con las técnicas de la ingeniería genética convencional es que agregan genes no se sabe dónde. El gen deseado es insertado en la célula que se busca alterar usando una bacteria o "revólver de gen" que dispara físicamente una partícula diminuta cubierta con el ADN. Una vez que las moléculas están en la célula, el nuevo gen es insertado en el cromosoma en forma aleatoria. Es imposible controlar dónde se va a agregar el gen. A veces termina en un lugar donde se expresa efectivamente, otras veces no. "¿Qué pasaría si yo pudiera dirigirme directamente a lugares específicos del cromosoma de la planta y agregar nuevos genes exactamente donde los quiero, eliminar otros existentes o modificar genes cambiando algunos nucleótidos específicos?"

Las nuevas herramientas permiten a los científicos hacer exactamente eso.

Una de las consecuencias de esas nuevas herramientas ?que son de biología molecular? es que las plantas pueden ser genéticamente modificadas sin agregar genes extraños. Aunque todavía es pronto para decir si eso cambiará el debate público sobre los GMO o el criterio de los organismos reguladores, indica que esos cultivos modificados sin genes foráneos no tienen que ser estudiados tan profundamente como los transgénicos. Eso podría reducir enormemente el tiempo y el costo de comercializar nuevas variedades de cultivos genéticamente modificados. Y es posible que los críticos de la biotecnología puedan hacer la distinción y tolerarlos más porque no son transgénicos. Esto podría ser un punto de inflexión.

En conclusión, se trata de un nuevo método de edición de genes para modificar la semilla de una manera más precisa y así lograr que rinda más alimentos y resista sequías y enfermedades con más eficacia. Hasta ahora las investigaciones realizadas el año pasado han demostrado que las plantas resultantes no tienen rastros de ADN extraño. Eso permitiría que no caigan dentro de las regulaciones existentes que gobiernan los organismos genéticamente modificados y puedan superar muchas de las preocupaciones de los consumidores sobre los GMO.

La ola de calor

Para los agrónomos, criadores de plantas y agricultores, todo se reduce a rindes, o sea la cantidad de granos que produce cada hectárea. Los notables aumentos en rendimiento que comenzaron a mediados del siglo 20 son la principal razón de que hayamos tenido suficientes alimentos para alimentar a 7.000 millones de personas en 2011 cuando en 1960 el planeta tenía solo 3.000 millones teniendo en cuenta que el aumento de tierras para cultivo fue ínfimo.

Tal vez lo más famoso haya sido la revolución verde desencadenada por un patólogo de plantas originario de Iowa que aumentó notablemente los rindes de trigo, maíz y arroz en muchas partes del mundo. Lo hizo, en parte, haciendo variedades de cultivos más productivas, comenzando en México y luego en Pakistán, India y otros países. Pero durante los últimos diez años los aumentos en la producción de trigo y arroz fueron disminuyendo.

La de trigo crece a 1% anual cuando debería crecer a 2% al año para mantenerse al ritmo de la demanda de alimentos en el largo plazo. Los expertos agrícolas advierten que las cosechas de otros cultivos también deberían aumentar si queremos alimentar a una población en rápido crecimiento, y sin embargo las temperaturas en ascenso y otros efectos del clima global harán que eso sea cada vez más difícil.

David Lobell, un profesor de ciencia ambiental del sistema de la tierra de la Universidad de Stanford dice que los efectos del cambio climático en la agricultura redujeron el aumento de la producción de trigo y maíz entre 1980 y 2008. Hubo aumento, pero 2 o 3% menos de lo que se habría producido de no haber sido por el cambio climático. Y eso se repitió en todas las zonas del mundo donde se cultivan esos productos.

El descubrimiento sorprende porque el calentamiento global ya tuvo un importante impacto en la producción de alimentos y la tendrá aún más a medida que se intensifique.

Más preocupante es que Lobell y su colaborador Wolfram Schlenker, un economista de Columbia University, encontraron pruebas de que en varios cultivos importantes, el efecto negativo del calentamiento global está más íntimamente ligado al número de días calurosos que al aumento en las temperaturas promedio en una estación del año. Si eso es cierto, las investigaciones anteriores podrían haber subestimado el impacto del cambio climático mirando solamente las temperaturas promedio.

Los cálculos de Schlenker muestran sostenidos aumentos en los rendimientos de maíz y soja mientras la temperatura sube de 10 °C a 20º, pero al llegar a 29 °C en el caso del maíz y a 30 °C en el de la soja, los cultivos sufren mucho y las cosechas caen notablemente. En otro trabajo posterior, Lobell mostró que los días calurosos están haciendo más daño al trigo en el norte de India de lo que antes se creía. El rendimiento agrícola tendrá que mejorar si queremos alimentar a la población mundial.

El pan nuestro de cada día

Un campito al norte de Londres en la zona de Rothamsted Research, que se autodenomina la chacra de investigación agrícola más antigua (fundada en 1843) es uno de los puntos focales de Europa en la batalla sobre alimentos genéticamente modificados. La controversia aquí se refiere a una parcela de 80 por 80 metros donde se ha plantado trigo genéticamente modificado para producir una hormona que repele el pulgón, una peste muy común. En 2012, una persona en contra de los GM saltó la cerca y desparramó semillas de trigo convencional entre las plantas GM para sabotear el experimento. Los científicos de Rothamsted las retiraron, contrataron más guardianes y construyeron una segunda cerca de tres metros de alto y curvas en la parte superior para impedir que alguien salte y vuelva a sabotear. Más tarde cientos de manifestantes marcharon codo a codo hasta el campo pero fueron impedidos de pasar por la policía.

Este hecho se relató solo para dar una idea de que la próxima controversia por los GMO podría referirse al trigo transgénico. Después de todo el trigo es el cultivo que más se planta en el mundo: representa 21% de las calorías que se consumen en el mundo. Interferir con el grano que hace el pan cotidiano de millones de personas en todo el mundo sería especialmente ofensivo para muchas personas que se oponen a los alimentos genéticamente modificados. Es más, el trigo es un grano que se vende en los mercados mundiales, de modo que la aprobación de la variedad GM en un país exportador líder podría tener repercusiones para los mercados de alimentos en todo el mundo.

Además, el trigo es emblemático en las luchas que afronta la agricultura en sus intentos por mantenerse a tono con el crecimiento poblacional y el cambio climático. No solo han disminuido los aumentos en la producción sino que además es particularmente sensible a las temperaturas altas y se cultiva en muchas regiones, como Australia, que son proclives a severas sequías. También es proclive a una de las enfermedades más temidas: la roya del trigo o roya negra, capaz de causar graves daños. Las técnicas convencionales de cultivo transgénico han hecho notables progresos para combatir estos problemas, produciendo variedades que son cada vez más tolerantes a las sequías y a las enfermedades. Pero la biotecnología ofrece ventajas que no deberían menospreciarse.

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