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Viernes 15 de diciembre de 2017

Es imprescindible hacer retroceder al populismo

Sección
Integración
Fecha
15 de marzo de 2017

Rocinante *

Aprovechando síntomas de una impaciente desesperanza

Existen momentos en que la idiosincrasia del barra brava emerge y se contagia entre nosotros de una manera preocupante. No creo que sea necesario repetir los detalles de ese carácter y esa idiosincrasia de las que tenemos tantos ejemplos elocuentes, ya que el hacerlo se muestra como sobreabundante.

Pero no está demás señalar que si se miran bien las cosas, debe verse en ellos una caricatura de una irreflexiva y grosera manifestación de lo antisocial, por no decir de lo asocial. Algo así no solo como el hombre desnudo, sino sobre todo como animalizado, dicho esto pidiendo perdón a los animales. O sea como la triste muestra de la manera como no debe comportarse un ser humano. Todo ello dicho sin ánimo de ofender, y menos de negársele el derecho al respeto que merecen como persona, sino tan solo limitándome a tratar de señalar un hecho objetivo de nuestra realidad.

Y peligrosamente el influjo de esa idiosincrasia se ha hecho presente en las últimas jornadas, logrando a través del accionar de distintos grupúsculos, desnaturalizar las respetables y a la vez pacíficas multitudinarias manifestaciones populares, tal el caso de la movilización convocada por dos centrales gremiales, y la que lo fuera por agrupaciones feministas, todo ello en la ciudad de Buenos Aires.

Más allá del rechazo que me provoca este comportamiento (el que presumo que es compartido por la mayoría de mis compatriotas, incluyendo a quienes adhirieron a esas convocatorias) no se puede dejar de advertir que el mismo es facilitado, y hasta potencializado por la presencia incipiente de un ominoso cambio del humor social. Es que, dicho lo mismo de otra manera, es palpable de existencia en grandes segmentos de nuestro cuerpo social de síntomas de una impaciencia que no solo viene acompañada de desesperanza, sino que pueden llegar a desembocar en una temible exasperación.

Es que el cambio de década producido ya ha quedado atrás y nos encontramos frente a la circunstancia que quienes creían que vivíamos hasta entonces en el mejor de los mundos, siguen convencidos de que realmente era así; mientras los que opinaban lo contrario o tenían dudas al respecto, en una gran proporción han comenzado a impacientarse frente al difícil esfuerzo (para muchos extremo) de una transición que se estimaba sería más rápida y poco costosa. Manera de ver las cosas esta última, que es fogoneada por facciones autodenominadas de la resistencia, aprovechando la existencia de fallas y errores en la gestión de gobierno, los cuales, aun en el caso de ser graves, nada tienen que ver con lo fundamental del rumbo de la gestión; y representan por sobre todo un intento desinstitucionalizante, más que solo maniobras de distracción.

Es que no se puede negar que la situación que se vive resulta harto complicada, y que hay infinidad de compatriotas de todas las edades y en toda nuestra geografía que la están pasando mal, por no decir muy mal (añadiendo que debemos ser conscientes que no detrás de las estadísticas están los hombres sufrientes de carne y hueso). Pero no es porque abruptamente hayamos pasado de tener tasas de pobreza y de indigencia inferiores a los de Alemania, a darnos cuenta que entre nosotros una de cada tres personas (y posiblemente se queda corta esa cuenta) se encuentra por debajo de la línea de pobreza.

Sino por cuanto el escondido ideal de muchos de nosotros (lo que se diría el sueño del pibe) es ir a veranear en familia a la ciudad feliz, apenas llegar ir al casino a probar con una fichas, y salir de allí con el dinero suficiente para que las vacaciones se vuelvan gratis.

Pero las cosas no son de ese modo, y se debe tener presente que la posibilidad de que las cosas salgan adelante y se pueda llegar a vivir en una sociedad como la que nunca (por lo menos a todos) tocó vivir en el pasado; cual es una sociedad cohesionada y equitativa , con instituciones sólidas e integrada por personas que por sobre todas las cosas se sienten como ciudadanos y se comportan como tales, depende de hasta qué punto seamos capaces de aventar un populismo, que mas allá de la apariencia de su retroceso en nuestra América Latina se ha convertido en una suerte de enfermedad viral que está azotando al planeta.

Que significa el populismo al acecho

Hago mías palabras de un pensador mexicano (se trata de Jesús Silva-Herzog Márquez), por cuanto no las podría escribir mejores. El populismo es una nube de asociaciones detestables. Es demagogia, irresponsabilidad, rechazo a la negociación institucional, desprecio de las sumas y las restas, adoración de un caudillo. No hay ejercicio sobre el contenido de la palabra que no parta de la dificultad de encontrarle un marco. Es un concepto impreciso, si es que llega a ser concepto. Con la palabra se ha designado una vasta variedad de experiencias políticas: un movimiento intelectual de apreciación del campesinado ruso, una organización de granjeros racistas en Estados Unidos, muchos gobiernos latinoamericanos a lo largo del siglo XX y diversos movimientos de la derecha radical en Europa. Populismos de derecha y de izquierda.

Prosigo haciendo referencia a las distinciones que el sociólogo francés Guy Hermet (que no lo mira con ojos del todo malos), indica, al ocuparse del populismo clásico, como características que se ven en todos de ellos, antes que nada, una división irreconciliable entre los de arriba y los de abajo. A lo que se agrega un desprecio a las instituciones, a las que considera extrañas y por ende prescindibles, al ver en ellas tan solo una manera de distribuirse los privilegios por parte de quienes detentan el poder. Su consecuencia es que esa división se transforma desde una perspectiva moral en una irremediable fractura entre buenos y malos; o como él lo dice entre el cielo de los buenos y el infierno de los malos, algo que los lleva a ver a las denominadas clases propietarias como parásitas y enemigas de la sociedad. A la vez Hermet señala que "el populismo niega dos veces la política. Primero cancela la posibilidad de un gobierno aceptable: los gobernantes son irremediablemente perversos. Sólo el héroe podrá expresar las demandas del pueblo. Después, el populismo niega la capacidad de la política de administrar el tiempo. No hay en su reloj manecilla para el futuro: al poner fin a la conspiración de los poderosos, el futuro llegará automáticamente.

En cambio, según el mismo Hermet el populismo moderno (el que se prolonga hasta nuestros días) se presenta como más circunspecto; es decir tratando de escribir con mejor letra. Es así como trata de no romper definitivamente con las instituciones de la república representativa, aunque a la postre no hace otra cosas que vaciarlas de contenido, al manipularlas de manera de utilizarlas para sus fines. Es por eso que según ese autor los populismos contemporáneos pueden ser en apariencia paraguas multiclasistas, pero por sobre todo coinciden en la búsqueda de una inconsistente, por lo vana, firmeza frente a las angustias que provocan las actuales incertidumbres.

La sombra de Laclau

Ernesto Laclau fue un filósofo y teórico político y escritor argentino, definido como post-marxista, que se presenta y se lo ve como el ideólogo/ profeta en mayor o menor medida de todos los populismos o socialismos del siglo veintiuno, o de los bolivarianismos en sus diversas vertientes de América Latina actual, como también del cristi-kirchnerismo.

Entre sus libros más mencionados se encuentran Hegemonía y estrategia socialista (coescrito con su mujer Chantal Mouffe) y La razón populista.

Para tratar de efectuar una simplista aunque nada fácil introducción al universo laclauniano se puede partir como él lo hace, imaginando un barrio donde hace falta él. Los vecinos se organizan, acuden a la comuna y piden por agua. Laclau continúa imaginando el tampoco nada improbable caso de que el problema no se resuelva. La frustración del barrio será inevitable: el poder público no ha logrado atender su exigencia (una eventual coincidencia con nuestra realidad dejo constancia que es puramente fortuita).

Pero ésa será solamente una demanda frustrada. ¿Qué sucede si esa frustración no es la frustración exclusiva de ese barrio, sino la experiencia de un grupo más amplio, de toda la ciudad quizás? ¿Qué pasa si además de los problemas de agua hay inseguridad, malas escuelas y hospitales sin medicinas? ¿Qué sucede, pues, si esa frustración con el poder público es generalizada? (también en estos casos cualquier coincidencia con la realidad es fortuita) Es entonces, sigue diciendo Laclau, cuando se desata una lógica social en donde distintos grupos, con distintas demandas y distintas ideologías, se igualan en la vivencia de sus repetidos reveses frente al poder. Una cadena de similitudes congrega lo disperso y moldea un sujeto popular, en base a un discurso que parece, sin serlo, coherente. Es en ese momento cuando puede hablarse de una ruptura populista.

A partir de allí y mediante la acción política que permite agrupar a una larga cadena de demandas en torno a una serie vaga de imágenes, valores y reivindicaciones, que logran su unificación a través de un enemigo común (que puede ser la rabia anti-oligárquica como el racismo anti-inmigrante ) en apariencia se lograría una identidad social cohesiva.

Es que para Laclau y su mujer esa identidad social no puede construirse sin alimentar un antagonismo previo en el cual los buenos resultan victoriosos, y donde los otros son considerados y tratados válidamente como enemigos.

A ello, Laclau añade la advertencia de que las identidades sociales no pueden brotar espontáneamente, sino que se confeccionan política y discursivamente, o sea que únicamente pueden construirse ante el enfrentamiento, la pelea y la subsiguiente división.

El populismo, se trata entonces para Laclau no de una ideología de contenido específico. El que los teóricos hayan hablado de la vaguedad conceptual de la palabra subraya su naturaleza, y la aproxima hasta confundirse a lo que entre nosotros se conoció hasta hace muy poco con el nombre de relato. Una Identidad que queda plasmada y se vuelve operante con la emergencia primero y la consolidación después de la encarnación en una persona cuya identidad es simbólicamente unificadora

El populismo es causa y efecto de una sociedad desastrada.

Afirmación con la que se alude a la preexistencia de una democracia incompetente. De donde, según lo explican politólogos actuales, los nuevos populismos en América Latina (y del caso español con Podemos, como en el de los neofascismos europeos y el fenómeno Trump) por la oquedad de su discurso que hace recordar el intento de los conquistadores españoles de ganar el aprecio de los aborígenes ofreciéndoles coloridas baratijas, no son otra cosa que el camino hacia un destino que debe verse como indeseable.

Ya que, como se ha destacado, la pregunta clave es si el populismo contribuye a la formación de la ciudadanía; si alienta la participación autónoma, o con el mismo se asiste a la épica celebración de prácticas clientelares: el sacrificio de los derechos políticos a cambio de los favores del poder.

Y esa es la pregunta que todos debemos hacernos. Como en mi caso, me la he hecho y respondido.

* elentrerios.com

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