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Jueves 25 de mayo de 2017

Crisis autoinfligidas

Sección
Opinión
Fecha
3 de abril de 2017

Emilio Luis Magnaghi

Usando el liderazgo y las lecciones de la historia se podría llegar evitar los estados de incertidumbre que a veces invaden a las administraciones. Mejor que anunciar esperadas reactivaciones es convocar a ciudadanos y funcionarios para colaborar con proyectos superadores, como podría ser ahora con el llamado Plan Belgrano

La voz griega “crisis” deriva de un concepto médico establecido por Hipócrates, y significa un cambio en la condición que sufre un paciente. También, la usaban los griegos para marcar la importancia de un evento concreto en la trama de sus tragedias.

Hoy sabemos que las crisis sólo ocurren en los organismos complejos. Por el contrario, los sistemas simples pueden sufrir fallas, pero no crisis. Tampoco un evento catastrófico conforma una crisis, ya que es siempre necesario que el sujeto que sufre una tenga tiempo para percibirla.

Sabemos que las crisis se producen por cierta incapacidad en los procesos de manejo de la información de la organización de las que se trate, sean éstos mecanismos de procesamiento, tanto internos como externos.

En ocasiones, se produce por una sobrecarga en el sistema de decisión de la organización que es incompetente para sobreponerse a un problema nuevo. En otras, es la ausencia de información, la que deriva en un estado de incertidumbre y en la cual el organismo es incapaz de optar por alguna acción concreta y queda paralizado por la indecisión.

En ambos casos, la velocidad para el procesamiento de la información es vital a los efectos de que el organismo pueda adaptarse y manejar o evitar la crisis.

Pasando de la teoría a lo concreto, sabemos que nuestro sistema político es inestable por naturaleza y que, en consecuencia, suele caer en crisis cíclicas cada tanto.

Por eso no nos debería extrañar que se anuncie o que se pronostique que la actual administración se encuentra en crisis. Es más, que haya algunos audaces que afirmen que ésta es inevitable y que tendrá un final catastrófico como ya ha ocurrido varias veces en nuestra historia.

Antes de seguir con nuestro análisis, es necesario establecer dos claros límites que lo enmarcan. El primero, es que nada en política está determinado y que, en consecuencia, toda desesperación es una estupidez. Y el segundo, es que podemos eludir conocer la realidad, pero no podremos evitar sus consecuencias.

Dicho esto, podemos avanzar diciendo que para que una crisis se presente, no solo son necesarias las condiciones objetivas que la produzcan. Como lo hemos explicado, su carácter subjetivo basta para convocarlas.

En ese sentido, a nadie le cabe duda que la actual administración enfrenta hercúleas tareas destinadas a restablecer cierta normalidad en casi todas las áreas de gobierno, después de años de desgobierno.

Nada parece funcionar bien, desde el sistema de administración de justicia hasta la necesaria eficiencia de los servicios públicos.

Grave como es esta situación, no es el quid de la cuestión. Sino que éste radica en que –aparentemente– una parte importante de la ciudadanía, después de más de un año de gobierno, aparece desencantada y descreída respecto de que esta administración sea idónea para la solución de la miríada de problemas existentes.

Llegado a este punto, no queda otro recurso que apelar a la forma y calidad con la que esa misma administración ha manejado la información de sus retos, de sus logros y hasta de los obstáculos que debe enfrentar.

Seguramente que hay numerosas recetas y métodos que aconsejan las técnicas de marketing para mostrar las bondades de un producto y para poder venderlo mejor. Pero, creemos, en este caso la ayuda proviene del liderazgo y de las lecciones de la historia.

En este sentido, no podemos ni debemos despreciar el gusto de las personas y hasta de los pueblos por las grandes empresas. El bonum arduum, como lo definían los Clásicos.

No es endulzando la visión del futuro que grandes conductores como San Martín o Winston Churchill sacaron a sus respectivos pueblos de los terribles desafíos que enfrentaban. Por el contrario, el segundo de ellos fue famoso por prometer, precisamente, “sangre, sudor y lágrimas”. Y el primero, nos legó aquello que “para los grandes hombres se han hecho las grandes empresas”.

Sin ser melodramáticos, la administración debe dejar de anunciar esperadas reactivaciones, las que –para colmo de males– no se presentan cada semestre que se anuncia.

Mayor efecto lograríamos convocando a la ciudadanía detrás de proyectos concretos de alto impacto y gran visibilidad. Por ejemplo, bien se podría invitar a los gobernadores, a los intendentes y a los ciudadanos en general a colaborar con el Plan Belgrano. Y planes similares podrían lanzarse en otras regiones postergadas.

Buenas campañas de difusión podrían seguir su progreso. Y en cada pequeño pueblo alcanzado ver cómo con el esfuerzo de todos se sale de la postración. Sería una suerte de “reality show” patriótico que tendría la gran virtud de convocar a la esperanza y al entusiasmo.

La Argentina es hoy un gigante postrado. Tenemos casi todo para salir adelante y ser un gran país. Probablemente, solo nos falte la voluntad de lograrlo. Porque, como lo conciben los japoneses –que de esto saben mucho– una crisis es, también, una oportunidad.

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