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Viernes 23 de junio de 2017

Las viejas recetas contra la pobreza

Sección
Integración
Fecha
3 de abril de 2017

Alberto Medina Méndez *

Nuevamente se conocieron indicadores económicos relevantes. Esta vez fue el turno de la pobreza. Las cifras oficiales no hacen más que confirmar que la región está bastante mal y que varias ciudades del Nordeste argentino (NEA) figuran entre las peores de este triste ranking.

No parece ser esta una enorme sorpresa. Todos intuyen que este flagelo es una parte inocultable de la realidad. Los números, en todo caso, ponen de manifiesto la gravedad del asunto y brindan suficiente información adicional que sirve de materia prima para tomar decisiones de aquí en adelante.

Las lecturas son múltiples pero muchas de ellas sólo se enfocan en sacarle un mezquino provecho partidario a los preocupantes guarismos publicados. La tarea trascendente es obviamente distinta y debería pasar por lo que hay que hacer al respecto para torcer esta inercia que continúa con insignificantes oscilaciones, que persisten desde hace varias décadas.

Lo paradigmático es que mayoritariamente la sociedad sigue creyendo que de la pobreza sólo se sale con más asistencialismo y una ayuda eficaz, siendo que las evidencias empíricas demuestran exactamente lo contrario.

El mal llamado “gasto social” se incrementa anualmente, no sólo en las esferas del Gobierno nacional, sino también en las provincias y municipios. Mientras este fenómeno escala crónicamente y sin distinción alguna de colores políticos, todo permanece casi intacto y nada bueno sucede.

Definitivamente las recetas aplicadas siguen siendo todas muy parecidas. Unos y otros repiten los formatos habituales. Los cambios son sólo semánticos y meramente instrumentales, pero finalmente se hace lo mismo. Numerosos programas con ampulosas denominaciones emergen sistemáticamente, sin que la pobreza siquiera retroceda unos centímetros.

Algún sector de la sociedad dice, tímidamente, que es menester recuperar la cultura del trabajo para terminar con el perverso esquema de subsidios que sólo desalienta a aquellos que realmente quieren “ganarse el pan con el sudor de su frente”. No se modifica la realidad discurseando por lo bajo.

Unos cuantos lo piensan, unos pocos se animan a decirlo en público, pero mucho menos estarían dispuestos a avalar una eliminación, siquiera progresiva, de esas patéticas dádivas que nada concreto han logrado a la fecha. Evidentemente la hipocresía también es parte del problema.

La política tradicional insistirá con la idea de invertir en infraestructura, especialmente intentando brindar mayor accesibilidad de agua potable y electricidad para reducir estos indicadores de pobreza. Existe cierto consenso al respecto, pero pese a la inmensa masa de recursos volcados a este tipo de obras, las cifras persisten y evidentemente no alcanza.

El mundo no dispone de antecedentes verificables que puedan demostrar que es posible ganarle a la pobreza con eternas políticas de subsidios o con la sistemática implementación de infinitos programas sociales. Sólo los más fanáticos podrían exhibir algunas pocas y cuestionables conclusiones.

Por el contrario son demasiados los países que pueden dar testimonio acerca de cómo hicieron para salir adelante y llevar las cifras de pobreza a valores sensiblemente inferiores a los que padece esta bendita región. No es necesario pensar en naciones muy distantes de aquí para encontrar buenos ejemplos. En el cono sur abundan casos que merecen atención.

La clave parece estar en hacer enormes esfuerzos, trabajar con perseverancia, generar empleo pero sobre todo riqueza. Si los ingredientes principales de este combo no están debidamente alineados, estimulando las acciones positivas y sus respectivos valores, la fórmula jamás será exitosa.

La pobreza es siempre un parámetro relativo. Lo sostienen muchos observadores en el mundo. Una persona puede ser catalogada en esa categoría de acuerdo a los criterios que previamente se definan. No se trata de un valor absoluto sino de un concepto dinámico, que evoluciona al ritmo del crecimiento de la humanidad toda.

Lamentablemente las soluciones parecen muy lejanas. La clase política local y regional tiene similares diagnósticos con remedios demasiado parecidos a los que se han implementado en el pasado reciente. Se recitan grandilocuentes discursos, pero poco se trabaja en buscar variantes.

La dinámica actual claramente no ha sido útil. No se trata de buscar excusas sino de asumir que el asistencialismo no fue eficiente. Hay que impulsar un nuevo debate ya no para defender las fracasadas posturas de siempre, sino para buscar alternativas que hayan demostrado, en otras latitudes cercanas, que es posible hacer todo mucho mejor.

Esperar que la política haga grandes giros sería algo infantil. A los dirigentes les encanta distribuir el dinero de los contribuyentes, ese que les han quitado a los ciudadanos previamente, para luego repartirlo como si fuera propio y llevarse siempre los méritos de sus arrogantes decisiones.

La pobreza es una asignatura pendiente para toda la ciudadanía. Superar este presente es una prioridad porque es el único modo de garantizar un progreso sustentable, pero fundamentalmente porque todos tienen el derecho a vivir con dignidad, eligiendo su propio destino sin humillarse ante quienes pretenden usarlos como ganado sólo para provecho propio.

* ALBERTOMEDINAMENDEZ@GMAIL.COM

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TWITTER: @AMEDINAMENDEZ

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