Carlos Soukiassian y Ezequiel Raimondo (*)
La puesta en práctica de estrategias de vinculación internacional como es el caso de Santiago del Estero, es toda una novedad. El aislamiento general al que la provincia quedó sometida durante los últimos 50 años, determinó el cierre de un sinnúmero de posibilidades de cooperación para el progreso y un retraso relativo que bien vale la pena intentar revertir.
Por lo general, el armado de estrategias de vinculación internacional y el desarrollo de políticas concretas ajustadas a las mismas, es una clave poco aplicada por provincias y municipios cuyos gobiernos se encuentran más preocupados por atender la vorágine del momento que por diseñar y ejecutar proyectos cuyos logros no se vuelven palpables de inmediato.
Si bien es cierto que la dinámica política cotidiana se ve compelida por la necesidad de resolver cuestiones de naturaleza perentoria, no es menos cierto que la mayoría de los dirigentes políticos sobre los que pesa la responsabilidad de gobierno no se conforman –o al menos no deberían darse por satisfechos– con que la historia los recuerde como simples “administradores de la crisis”.
La diferencia entre deslizarse sobre las corrientes repentinas que impone la realidad y el intento por darle a la correntada un rumbo determinado en función de una planificación estratégica, es la misma que existe entre los “pilotos de tormenta” y quienes pretenden erigirse –con menores o mayores pretensiones– en estadistas.
Los primeros suelen finalizar sus mandatos habiendo avanzado poco y sin poder exhibir logros programados mientras los segundos logran objetivos menos dependientes de la suerte o las casualidades.
Unos rechazan el desarrollo de estrategias de vinculación internacional por considerarlo un lastre costoso e inadecuado para tiempos de crisis, mientras otros transforman a la cooperación internacional en un contrapeso altamente productivo, en una inversión mínima que, a mediano plazo, termina pagándose sola.
Toda acción transnacional implica costos, riesgos y exigencias; pero es un elemento clave para complementar la estrategia de desarrollo sectorial o comunitario que brinda gran dinamismo y solvencia al accionar de los gobiernos.
No habrá estrategia de vinculación internacional posible en aquellas administraciones que no se detengan a definir un plan de desarrollo mínimo basado en un diagnóstico de necesidades, dificultades objetivas y metas. Es claro que no es lo mismo “ir” que saber “a dónde ir”.
Tener la capacidad de generar estos mínimos objetivos estratégicos en una provincia como Santiago del Estero, constituye una necesidad perentoria que, sin duda, dará mayor sustento a la gobernabilidad. Sólo a partir de esta tarea tan esencial como poco sencilla, podrá abrirse como un abanico el universo de la cooperación internacional.
En este marco, la esfera de la cooperación internacional toma sentido, posibilidad fáctica y capacidad para aportar nuevas perspectivas y soluciones a problemas que bien pueden ser tratados de manera conjunta con ayuda de otros estados, provincias, municipalidades o agencias de cooperación.
Hace muy pocos días una delegación de la Federación Argentina de Municipios visitó Santiago y explicó los alcances de posibles ofrecimientos de colaboración de los gobiernos de Alemania e Israel. Este es un simple ejemplo desarticulado de lo mucho que habría para hacer y obtener.
Hasta hace pocos años la Argentina formaba parte de los países donantes de cooperación. En ese entonces su capacidad de recibir era muy limitada. Hoy la situación ha cambiado: millones de dólares y de euros en fondos para la cooperación esperan su contraparte argentina para el desarrollo de proyectos en común.
Aunque al principio la cooperación internacional signifique un esfuerzo “extra”, los gobiernos que vayan quedando al margen no tardarán en apreciar cómo se incrementarán las diferencias –traducidas en ventajas concretas– con aquellos que participan fluidamente de estas redes. Santiago bien lo sabe luego de tantos años de ostracismo.
Acceso y evolución en tecnologías de información y comunicación; búsqueda de mejoras tecnológicas y apertura de nuevos mercados; programas de ayuda social y sanitaria; capacitación para mejorar el servicio policial o penitenciario; proyectos de promoción y creación de infraestructura turística; fondos para la reconstrucción de patrimonio histórico; incubadoras de empresas; sistemas de última generación para el tratamiento de residuos o potabilización de agua.
Muchas son las líneas de acción que pueden emprenderse mediante acuerdos estratégicos de cooperación internacional; acuerdos que sólo serán posibles si la visión estratégica de nuevos estadistas logra imponerse a la lógica cortoplacista que suele gobernarlos en vez de dejarlos gobernar.
(*) Directores de Pontis Consultora - pontis@datamarkets.com.ar
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