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Viernes 23 de agosto de 2019

El sentido de la vida

Sección
Opinión
Fecha
12 de agosto de 2019

María Eugenia Valentié*

El ser humano tiene muchas necesidades; una de ellas, quizás no siempre recordada, es la de buscar el sentido de su existencia. Por eso aparecen las grandes preguntas que en el campo de la Filosofía se expresan como: ¿Por qué y para qué estoy aquí? ¿Qué debo hacer? Y si hago lo que debo hacer, ¿qué me está permitido esperar? Además de la gran pregunta heideggeriana: ¿por qué es el ser y no, más bien, la nada? Seguida de, “como de la nada no proviene ninguna cosa, es necesario que alguien haya comenzado una creación. A ese creador lo llamamos Dios y está en el principio de todas las religiones”.

Todos los seres humanos tenemos el derecho y la obligación de pensar si el progreso material es un fin en sí mismo o un medio para alcanzar ciertos valores, como la justicia y la paz.

Pero la historia nos demuestra que somos seres contradictorios. La ciencia quiere mejorar la vida, pero al mismo tiempo inventa medios cada vez más poderosos para matar. También la historia nos muestra revoluciones que producen lo contrario de lo previsto. Por ejemplo, la Revolución Francesa, que había proclamado los principios de libertad, igualdad y fraternidad, termina llevando a la guillotina a mucha gente, incluidos varios de sus iniciadores; la Revolución Rusa, inspirada en la idea de justicia social, produce la muerte de millones de campesinos, etc.

Pareciera, entonces, que la búsqueda del sentido de la vida es más bien una cuestión individual que una empresa social.

Si nos situamos en el ámbito de la Filosofía, nos encontramos con sistemas de valores, pero la época en que vivimos tiende más al relativismo y a la búsqueda de novedades. Por ejemplo, en el arte se ha desterrado el valor de la belleza considerada una antigüedad, de manera que muchos ya empezamos a no saber qué es una obra de arte.

También en el estudio de las distintas culturas se ha llegado a un relativismo en el que cada cultura aparece como un todo cerrado, con valores, ideas, instituciones y costumbres que le son propias y las diferencian de las otras, haciéndolas casi incomprensibles.

Este relativismo no tiene en cuenta dos cosas. La primera es que, siendo todas las culturas obra de una misma especie, necesariamente tienen que tener elementos comunes. La segunda reside en el hecho de que todas las culturas están formadas por seres humanos, es decir por individuos que no son iguales y que pueden diferir en sus opiniones y modos de ser.

Si las culturas no son pensadas como unidades cerradas, inclusive en el transcurso del tiempo, podemos concebir la universalidad de determinados valores y decir, como lo hace Sebreli en su libro El olvido de la razón, “la tortura está mal en cualquier lugar y tiempo

Cosas que no conviene olvidar

Si buscamos respuestas en el campo de las religiones, nos encontramos con que todas ellas tratan de dar un sentido a la existencia humana.

Esto ocurre aún en las primitivas que usan el mito como una narración que dice, en un lenguaje simbólico, una verdad ejemplar de la conducta humana. Al mito y al rito siguen la teología y la predicación. Toda religión distingue entre lo sagrado y lo profano, dos ámbitos que abarcan la vida del hombre y dirigen su conducta.

De allí que toda religión suponga una ética, una serie de normas de conducta, cuya finalidad es el encuentro con la voluntad divina. También afirman que la muerte no es un final absoluto, sino el comienzo de una nueva vida, cuyos rasgos dependerán de la conducta del hombre en este mundo. Y si bien la religión acude a la razón cuando construye una teología, esta no es su único elemento. Necesita también recurrir a la imaginación, a la experiencia y a la sensibilidad.

El hombre religioso siente que no está solo, que de una manera misteriosa alguien está allí, que de buscador se convierte en buscado. La experiencia mística sería la forma más alta de la vida religiosa, un hecho del que la pura razón no puede dar cuenta.

De las tres grandes religiones monoteístas, el cristianismo es la más difundida en Occidente. Es una religión basada en el amor. En los Evangelios, Cristo dice: “Amaos los unos a los otros” y “No hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti”. Sin embargo, de esta religión basada en el amor, los hombres han hecho la Inquisición y las guerras de religión, es decir todo lo contrario a lo que decía su fundador.

En estos momentos en que pensamos el sentido de nuestras vidas, quizás no está de más recordar una doctrina que enseña que el amor es superior al poder, la humildad a la soberbia, la caridad a la acumulación de riquezas materiales, la verdad a la mentira. Lo que de entrada parece obvio. Pero son las cosas que no conviene olvidar.

* La Gaceta

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