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Jueves 29 de junio de 2017

NOA: El cruce de los Andes

Sección
Sociedad
Fecha de publicación
24 de octubre de 2016

Revisamos los neumáticos de la camioneta frente a la plaza colonial de Purmamarca -al pie del Cerro Siete Colores en Jujuy- para emprender la marcha cuesta arriba escalando los Andes. Tenemos por delante una travesía circular de 1250 kilómetros. El plan es cruzar por el Paso de Sico a Chile y regresar a la Argentina por el de Jama, atravesando el desierto de Atacama.

Partimos caracoleando por la Cuesta de Lipán –RN 52– hasta los 4170 metros para luego bajar hacia la Puna, entre caseríos extraviados en medio de la nada con casas de adobe y techo de paja. En la lejanía divisamos un pastor de poncho rojo y sombrero ovejón arreando un tropel de chivos. La vegetación se reduce a unos pastos amarillentos doblegados por el viento. Junto a la ruta, un pequeño cementerio cercado por un muro de adobe que protege cruces decoradas con un círculo de flores en el centro.

Tras una lomada aparece una gran mancha blanca en la planicie que nos encandila por un instante: son las Salinas Grandes derramándose como un lago sólido hasta donde se nubla la vista. Estamos ya en la Puna, esa dura superficie plana que no se quebró al brotar los Andes y se elevó con ellos hasta los 3500 metros, conformando una altiplanicie.

Las nubes cubren la totalidad del cielo sobre la salina borrando la línea del horizonte: perdemos la noción de arriba y abajo en el paisaje. La ruta traza una recta en este mundo blanco dividiéndolo en dos mitades exactas que vemos a derecha e izquierda, como si el horizonte ausente fuese esa ilógica línea vertical que nace bajo las ruedas del auto.

En la dimensión salitrera no hay un solo arbusto, ramita seca ni vestigio alguno de vida. Es una llanura perfecta con una red pentagonal reproducida hasta el infinito y algunos conos de sal que acumulan los trabajadores de la salina. Además hay una serie de piletones rectangulares llenos de agua cavados donde se extrae la sal.

La ex RN 40 desciende hacia San Antonio de los Cobres, un pueblo puneño que escapa un poco al pintoresquismo norteño de postal: es un rincón polvoriento de la región, ventoso, reseco y algo incoloro, a 3775 msnmm, en medio de un valle protector con cumbres que sobrepasan los 6500 metros. Una mirada superficial podría llevar aquí a la decepción. Pero por un lado, la desolación y el desierto no están exentos de una punzante belleza. Y por el otro, existe en sus pobladores un valor cultural vivo e intangible que le otorga trascendencia propia al lugar.

LLAMAS

Antes de seguir viaje hacemos una caminata con llamas guiada por Anatolio Tolaba, un joven llamero de la Puna como sus antepasados remotos. Le golpeamos la puerta de su casa de adobe pero lo encontramos en el corral del fondo dándoles de comer a sus doce llamas. Al rato salimos a caminar con dos de sus camélidos, uno para cada uno: los llevamos con la mano con una cinta de cuero. La mía se llama Burro. Anatolio me cuenta que comenzó esta actividad hace seis años, cuando trajo dos llamas del campo porque las vio muy flaquitas. Pero darles de comer le resultaba muy caro y como de niño tenía la experiencia de venderle piedritas de colores a los visitantes, un día fue con una llama a la estación de tren y los pasajeros comenzaron a acercarse solos para sacarse fotos. Entonces decidió hacer estas caminatas. “¿Y ya se pagan la comida las llamas?”. “¡Ahora ellas me la pagan a mí!”.

Avanzamos por el valle de San Antonio de los Cobres y Anatolio me cuenta que hace unos años se fue a trabajar en unas minas de bórax montaña arriba. Hasta que se dio cuenta de que caminando tranquilo con sus llamitas cuatro horas por día, ganaba más que por doce horas arriba del camión y lejos de su familia: “Además a mi no me gusta ser dominado de nadie”.

“Acá a la gente no le gusta que se joda a los animales: mi abuela me decía: ‘¿Cómo le vas a hacer eso a las llamitas?’. Pero a ellas lo que les gusta es caminar”, se justifica Anatolio.

Mi llama es dócil, camina sin hacerse rogar. Porque el llamero las amansa y les saca la cosquilla acariciándolas mucho cuando tienen un año de edad. Caminamos y conversamos media hora sobre nuestros mundos tan disimiles. Y sin embargo nos entendemos, en todo sentido.

HACIA TOLAR GRANDE

Según el cansancio del viajero, se podría pasar la noche en una hostería de San Antonio de los Cobres. Nosotros optamos por seguir en la ruta unas horas más hasta el pueblito puneño de Tolar Grande.

Desde Purmamarca hasta San Antonio de los Cobres la ruta fue de asfalto: a partir de ahora comienzan tramos de ripio que requieren de un vehículo elevado o doble tracción. Tomamos la RN 51 para subir hasta los 4560 metros en el abra del Alto Chorrillo. Luego descendemos hacia Olacapato, cuyo centenar de habitantes vive en casas de adobe junto a una fantasmal estación de tren. Ocho kilómetros más adelante aparece el caserío en ruinas de Cauchari, donde dejamos la RN 51 que sigue hacia en el Paso de Sico, para tomar ahora la RP 27 rumbo a Tolar Grande.

Al rato aparece al costado de la ruta el Salar de Pocitos y entramos a la Recta de la Paciencia que atraviesa la nada. De la monotonía sin curvas pasamos a los viboreos del laberinto geológico de Los Colorados que se transmuta en el rojo Desierto del Diablo, una extensión del de Atacama.

En Tolar Grande nos alojamos en una casa de familia colla y dedicamos los dos días siguientes a explorar el Salar de Arizaro, cuyos 5500 kilómetros cuadrados lo convierten en el tercero más grande del continente. En el Cono de Arita vemos una pirámide casi perfecta en un salar, que fue un pequeño volcán al que le faltó fuerza para estallar y no tiene cráter: está rodeado de una sal negra resultado de corrientes subterráneas de magma.

Al tercer día “levantamos campamento” para retroceder 150 kilómetros por donde vinimos, para retomar la RP 51 hacia el Paso de Sico. Toda esta parte del viaje es por ripio en buen estado y el ruidito molesto de las piedras contra el chasis se compensa con el colorido deslumbrante de Los Andes desnudos de vegetación, con sus minerales a flor de tierra.

Hacemos los trámites de aduana a 4080 msnm. en el Paso de Sico, a 280 kilómetros de la ciudad de Salta y 200 de San pedro de Atacama. Al cruzar la frontera del lado chileno cerca del poblado de Socaire comienza el asfalto y en una hora aproximadamente llegamos a San Pedro de Atacama, un pueblo con casas de adobe estilo colonial en pleno desierto, un oasis habitado por aborígenes desde hace milenios y por españoles a partir de 1550.

A la mañana siguiente vamos a la cercana laguna Cejar para sumergirnos en sus aguas cristalinas, aún más saladas que el Mar Muerto, para flotar sin necesidad del menor movimiento: hago la plancha mirando uno de los cielos más límpidos de la tierra, con el cuerpo sumergido salvo la cabeza y las cuatro extremidades.

Por la tarde vamos al Salar de Tara por una ruta de asfalto que sube hasta los 4852 metros, donde doblamos por una huella borrosa que se interna en un pedregal. Al fondo de una planicie se levantan las rectas columnas pétreas de los Monjes de la Pakana. La mayor de esas formaciones es El Moai, parecido a las estatuas de la Isla de Pascua. Avanzamos por el centro de una gran caldera volcánica donde hace milenios confluyeron ríos de lava.

Al otro día vamos a contemplar el atardecer en el Salar de Atacama, que mide 100 kilómetros de largo por 80 de ancho: es el más grande de Chile y el segundo del mundo, poblado por miles de flamencos que pasan a vuelo rasante sobre nuestra cabeza.

La siguiente jornada desde San Pedro arranca en plena noche para recorrer 89 kilómetros hasta un campo geotérmico con un centenar de géiseres y fumarolas rodeados por volcanes nevados. Llegamos a los Géiseres del Tatio a las 5.30 para caminar mientras amanece entre los ensordecedores chorros de agua y vapor que forman columnas de hasta diez metros de altura.

El fenómeno se produce cuando las corrientes de agua subterránea entran en contacto con el magma volcánico a gran profundidad y se vaporizan: violentos “chorros” de vapor salen despedidos hacia arriba a través de fisuras en la corteza terrestre. La temperatura ambiente, a 4200 metros sobre el nivel del mar, está por debajo de cero grado y contrasta con los 85 grados del agua que brota desde las entrañas. A las seis de la mañana los géiseres pierden presión hasta convertirse en un suave burbujeo de fango en la tierra. El espectáculo con reminiscencias del infierno finaliza con la salida del sol: la furia de la Pachamama se apacigua con el calor.

Lo curioso es que la recomendación previa a la excursión es llevar ropa muy abrigada, traje de baño y toalla. Al mediodía la temperatura sube hasta los 20 grados y nos damos un baño en las termas con aguas calientes que relajan los cuerpos entorpecidos por el madrugón.

Un día completo lo dedicamos a recorrer el circuito de las lagunas altiplánicas. Partimos por la ruta en paralelo a los Andes mientras el volcán Lascar humea como siempre desde su cima de 5592 metros. Pero no hay nada que temer: un diez por ciento de los volcanes de la zona están activos pero sin indicios de que estén por explotar.

A media mañana llegamos a Piedras Rojas, un extraño paraje entre montañas con surrealistas formaciones volcánicas. La siguiente parada es en la laguna Miscanti, un espejo de agua de 15 kilómetros cuadrados lleno de flamencos que remontan vuelo rasante sobre la superficie. Por último visitamos el pueblo de Toconao y el Salar de Atacama, para ver uno de los mejores atardeceres del desierto.

DE REGRESO

Partimos rumbo al Paso de Jama atravesando el desierto de Atacama mientras el globo incandescente del sol se eleva tras la cordillera, encendiendo de naranja las montañas por diez minutos. Atravesamos en su instante de gloria al desierto por excelencia de nuestro planeta, más desierto aún que el Sahara y el Kalahari: no existe otro más reseco y menos apto para la vida, con sectores donde no ha llovido en siglos y salares en los que no hay más vida que ínfimas bacterias.

La razón por la cual este es el desierto más reseco del mundo porque está encerrado entre dos cordilleras: la de los Andes hacia el este y la de la Costa hacia el oeste. La primera retiene la humedad que llega desde la Amazonía y la segunda, la que llega por el Pacífico. En promedio llueve en el desierto cuatro veces por año, unos 20 minutos cada vez. Aunque febrero de 2012 fue la excepción: cayó todo junto lo que había llovido en los 50 años anteriores, destrozando las casas de adobe por las inundaciones. Para que llueva en el desierto se necesita la rareza de que choquen dos frentes fríos provenientes de la Amazonía y el Pacífico.

La asfaltada RN 27 comienza a trepar Los Andes mientras el desierto va quedando atrás. Desde San Pedro de Atacama al Paso de Jama son 270 kilómetros que recorremos en estado de gracia por las laderas andinas, casi sobre el Trópico de Capricornio. Este corredor bioceánico pavimentado comienza a los 936 metros sobre el nivel del mar y llega a los 4173 en el paso cordillerano.

Regresamos a Jujuy por el asfalto del Paso de Jama -ahora la RN 52- para visitar el pueblito de Susques, a 3896 metros de altura, y al fondo de una hoya rodeada de mesetas. Llegamos ya sin sol y sus calles de tierra con casas de adobe le dan un aura casi fantasmal al pueblo. Lo más llamativo es su pequeña iglesia de adobe del siglo XVI con muro perimetral y un arco de entrada cubierto con una torta de arcilla y paja, al igual que los techos. Por dentro tiene vigas de cardón unidas con tientos de cuero de llama y piso de tierra.

Desde allí vamos hasta el cruce con la Ruta 40 para seguir por la RN 52 y regresar al punto de partida en Purmamarca luego de una semana, completando este cruce andino y del desierto de Atacama, una de las travesías ruteras más extraordinarias posibles en toda Sudamérica.

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