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Domingo 17 de diciembre de 2017

Desde el INTA implementan el control biológico contra la mosca de la fruta

Sección
Políticas Públicas
Fecha de publicación
21 de abril de 2017

La simple presencia de las moscas en las frutas representa una reducción de entre el 20 y el 30 % de la producción. Por este motivo, la aplicación masiva e indiscriminada de insecticidas de amplio espectro es una práctica común que, no sólo perjudica el ambiente, sino que sus residuos en el producto final complican su comercialización.

“Las moscas plaga de la fruta constituyen uno de los complejos de insectos de mayor importancia económica en el mundo”, aseguró Juan Mousqués –investigador del INTA Concordia, Entre Ríos–.

Según publicó INTA Informa, se trata de una plaga cuarentenaria con un alto poder de destrucción causado por las larvas sobre una gran variedad de frutos y vegetales que, de acuerdo con el técnico, registra su mayor porcentaje de presencia en la zona citrícola del Litoral.

“Entre las especies de tefrítidos registradas se destacan la llamada Mosca del Mediterráneo o Ceratitis capitata Wied y en menor medida la Anastrepha fraterculus”, detalló.

Según publicó INTA Informa, para reducir el impacto de esta plaga, Mariana Viscarret –investigadora del Insectario de Investigaciones para Lucha Biológica del INTA Castelar– destacó los beneficios del control biológico por sus beneficios en el ambiente y en la calidad del producto final: “Utilizar a los enemigos naturales de las plagas ayuda a reducir su abundancia por debajo del nivel en que causan perjuicios económicos”.

Según publicó INTA Informa, así, para controlar a las moscas de la fruta se empleó con éxito al parasitoide de larvas Diachasmimorpha longicaudata (Ashmead). “Es un insecto inocuo para las personas y el ambiente puesto que solo afecta a las poblaciones de esta plaga”, señaló la investigadora.

En la actualidad, se evalúan las posibilidades de establecer este parasitoide a campo en diversas regiones citrícolas del país. Para esto, se realizaron liberaciones en San Pedro –Buenos Aires– y en Concordia –Entre Ríos– sobre cultivos de mandarinas y naranjas tardías.

En la Argentina, estos parasitoides se crían en diversas instituciones como el PROIMI de Tucumán y en la BioPlanta de San Juan. Los utilizados en las experiencias se criaron en el IGEAF del INTA Castelar.

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