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Martes 20 de febrero de 2018

Tucumán es un enfermo sin médicos

Sección
Políticas Públicas
Fecha de publicación
12 de febrero de 2018

Los alemanes sostienen que la mitad de un problema está resuelto cuando el diagnóstico es correcto.

Y cuando un problema se prolonga demasiado tiempo, entonces caben dos posibilidades: que no contamos con los recursos ni las capacidades para solucionarlo, o que el diagnóstico es equivocado.

Si hacemos el ejercicio de abstraernos por un instante del mundanal ruido, de la discusión ideológica obcecada, de la confrontación política necia y retardada, vamos a ganar en claridad y lucidez para comprender, quizás, que muchos de los males que aquejan desde hace décadas a los tucumanos parten de una diagnosis equivocada.

Las evaluaciones pueden fallar por distintos motivos. Errores técnicos, por ejemplo de medición o de cálculo, o errores conceptuales, como los análisis viciados de prejuicios, u objetivos planteados poco claros o directamente equivocados, entre muchas otras razones.

No es lo mismo eliminar la pobreza que eliminar a los pobres, aunque en algún sentido puede haber una coincidencia semántica.

Hay muchos diagnósticos equivocados solamente por falta de claridad y comprensión semántica.

Desde niños recibimos directivas confusas: “hay que hacer el bien”, “no hay que portarse mal”, “tenés que estudiar para ser alguien”, “tu papá/mamá se mata trabajando”. Así hay cientos de enunciados cuya interpretación psicoanalítica arroja más oscuridad que luz. ¿Qué será portarse bien para un niño de cinco años? Dibujar todas las paredes, jugar con agua y harina por toda la casa, vaciar el pomo del shampoo en la bañera para hacer espuma…

Se sabe que más de la mitad de los fracasos parten de una orden mal dada. A veces hay un abismo entre el mensaje que sale de una boca y el mensaje que entra en un oído. Si se le pide a un grado completo que dibuje un árbol, cada niño hará un árbol distinto. Así de sencillo, así de complejo.

Ocurre a menudo con palabras como “distribución”, “justicia social”, “derechos”, “popular”, “pueblo”, “nacional”, “pan”, “trabajo” o “dignidad”, entre otras decenas de vocablos manoseados por la empalagosa demagogia de nuestros dirigentes.

Insistimos en que uno de nuestros principales problemas es que nuestros líderes están más preocupados en buscar culpables en vez de soluciones. Y el ejemplo contagia al resto de la sociedad, fragmentada, dividida, ciega de prejuicios y atiborrada de mentiras.

La semana pasada, en esta columna, hacíamos referencia a que en materia vial la ausencia del Estado es alarmante en Tucumán. En la edición digital, al pie de la nota, la mitad de los comentarios de los foristas hacía referencia a que era el resultado de “30 años de gobiernos peronistas”, mientras que la otra mitad culpaba al inexistente Plan Belgrano. Es como pretender que de una discusión entre hinchas de Atlético Tucumán y de San Martín salga beneficiado el fútbol. Más bien el resultado tenderá a ser todo lo contrario.

Veamos un ejemplo claro y contundente: ¿Qué tienen en común Buenos Aires, Rosario, Córdoba y Mendoza? Que estas cuatro ciudades cuentan con decenas de kilómetros de ciclovías y las siguen expandiendo. Que las cuatro tienen proyectos de desarrollo urbano sostenidos desde hace más de 20 años. Que ya tienen o están en proceso de implementar medios de transporte públicos alternativos a los colectivos y a los taxis, como metrobuses, tranvías y trenes urbanos, según el caso. Que las cuatro cuentan con una red vial en condiciones óptimas y en permanente expansión. Y podríamos seguir con los ejemplos por un largo rato. Y las cuatro ciudades más importantes del país han sido gobernadas alternativamente por distintos partidos políticos y, en ocasiones, con sucesiones antagónicas.

Entonces, está claro que el diagnóstico peronismo-anti peronismo es 100% equivocado. No es una teoría, es un hecho probado, y probado con creces en Buenos Aires, Córdoba, Rosario y Mendoza.

De hecho, a la capital tucumana hoy la gobierna Cambiemos. Y antes fue regida por el peronismo, el bussismo y el radicalismo. Y ¿saben qué? Nunca, ninguna intendencia, de ningún partido político, aplicó el plan de desarrollo urbano elaborado a mediados de los 90. Y pese a que año tras año se insiste en ello ante el evidente colapso del Gran Tucumán, cuya calidad de vida viene deteriorándose de modo alarmante, cada vez más hostil para los ciclistas y los peatones, con un tránsito que empeora día tras día, con espacios verdes cada vez más escasos y abandonados, al igual que el río Salí, uno de los mayores genocidios ambientales de los tucumanos.

El desarrollo inmobiliario se ha privatizado hace años, donde cada quien construye dónde y cómo se le da la gana, y por eso están colapsados los servicios de agua, cloacas y energía eléctrica, y la ciudad cada año se inunda más y de manera más destructiva.

No hay trenes, ni metrobuses, ni autopistas (apenas una sola y en malas condiciones) y el servicio de ómnibus es ineficiente. Como consecuencia, los sectores más postergados -sin alternativas y abandonados por el Estado- han convertido a la moto en el verdadero “transporte público” y popular de los tucumanos.

Con los millones de pesos que gasta el Estado por día en accidentología (provincia, municipios y comunas) ya se podría haber construido un tren bala que cruce toda la provincia, diez líneas de metrobuses para el área metropolitana y ciclovías en toda la ciudad.

Entonces, Juan Manzur culpa a Germán Alfaro, Alfaro a José Alperovich, Alperovich a Domingo Amaya, Amaya a Julio Miranda, Miranda a Bussi, Bussi a los radicales, y así podemos llegar hasta Lucas Córdoba.

Con el diagnóstico equivocado ningún paciente se cura. Y al decir de los alemanes, los tucumanos tenemos un montón de culpables, ninguna solución, y problemas que se agravan gobierno tras gobierno, del color que sea.

Fuente: La Gaceta

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